La Primera Cruzada (II)

A pesar del desastre de la expedición de Pedro el Ermitaño, no se perdió el gran fervor por la Cruzada. Aunque los alemanes respondían al llamamiento con gran entusiasmo, no podían salir de inmediato hacia Tierra Santa por varios motivos. Los príncipes occidentales que habían respondido al llamamiento estuvieron de acuerdo en cumplir la fecha establecida por el Papa, sin embargo, tenían que reunir tropas, abastecerlas, equiparlas y, por tanto, conseguir una buena suma de dinero. Por último, tenían que tomar medidas para la administración de sus tierras durante su ausencia y no hubiesen podido, por lo tanto, estar preparados antes del mes de agosto. El primero de los líderes cruzados en ponerse en marcha fue Hugo, conde de Vermandois. Atravesó Roma y llegó a la ciudad de Bari a principios del mes de octubre. Es en esta ciudad donde el Conde encontrará a otros líderes normandos, que participarán también en la Cruzada, como el sobrino de Bohemundo, Guillermo, que decidido a emprender el viaje lo antes posible,  partió con Hugo sin  esperar a su tío. Ambos llegaron a Dirraquio tras una peligrosa travesía por mar que causó el hundimiento de varios barcos. En Dirraquio, fueron recibidos por la escolta del Emperador dirigida por el hermano de este: Juan Comneno. Tras una breve estancia en Dirraquio, prosiguieron la marcha hasta Constantinopla. La llegada de Hugo a la capital imperial obligó al emperador Alejo a intentar dejar sus objetivos claros intentando ganarse la lealtad de los líderes cruzados. Por supuesto, Alejo sabía perfectamente que los Cruzados no perderían la oportunidad de conquistar tierras para ellos mismos, sin embargo, tenía que asegurar que los territorios imperiales fuesen devueltos de manos de los turcos. Alejo de manera muy inteligente hizo jurar, como se hacía en Occidente, un juramento de fidelidad al Emperador. Hugo estuvo de acuerdo con los planes del Emperador, sin embargo, el siguiente que llegaría de Occidente no sería tan fácil de convencer como en el caso del Conde.

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Situación de la península Balcánica en tiempos de la Primera Cruzada.  (Mapa extraído del libro Historia de las Cruzadas de Steven Runciman, pág. 122).

Godofredo de Bouillon, duque de la Baja Lorena, y sus dos hermanos llegaron a Constantinopla el 23 de diciembre del año 1096. Su numeroso ejército y él tuvieron que acampar, tras petición del Emperador, a las afueras de la ciudad. La llegada de Godofredo con un gran ejército bien armado y preparado supuso un problema para el Emperador. El objetivo de Alejo, como ya se ha dicho anteriormente, era el de ganarse la confianza de los líderes cruzados.  Por otro lado, parece posible que Alejo dudara de las intenciones de Godofredo al dejarle acampado fuera de la ciudad, sin embargo, Godofredo nunca tuvo intenciones de tomar Constantinopla. A pesar de todo, Alejo tenía bastantes razones como para no permitir que entrara a la ciudad: la expedición popular de Pedro el Ermitaño ya había causado suficientes problemas en la capital como para que ahora tuviera que enfrentarse a al misma situación pero con un ejército mucho mejor equipado. Alejo invitó varias veces, por medio de Hugo, quien sí estaba de acuerdo con las pretensiones del Emperador, a Godofredo. No obstante, este rechazó en varias ocasiones la invitación. Este rechazo seguramente tuvo que ver por los contactos que el ejército de Godofredo había tenido con los restos del ejército de Pedro el Ermitaño. Estos culpaban a los bizantinos de ser los responsables de su fracaso. Además, Godofredo había hecho un juramento al emperador Enrique IV y, por tanto, no podía hacer otro porque un nuevo juramento a  Alejo supondría una especie de traición hacia Enrique.  Tras el rechazo de Godofredo, Alejo entró en cólera, sobre todo, cuando  se enteró de que más ejércitos cruzados venían de camino. Alejo quería evitar a toda costa que Godofredo uniese fuerzas con los otros ejércitos porque se temía que, al unir fuerzas, tomaran la capital e incluso el Imperio. Tras varias disputas y luchas armadas con soldados imperiales, reconoció que no podía enfrentarse al Emperador y que, por tanto, accedía a prestar juramento a Alejo y de que su ejército partiera del Bósforo en dirección a Asia Menor. El Emperador logró su objetivo de impedir que los ejércitos cruzados se unieran y pusieran en peligro la capital.  El 9 de abril de 1097 Bohemundo y sus normandos llegaron a Constantinopla.

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Hugo de Vermandois (1057-1102)
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Godofredo de Bouillon (1060-1100)

Alejo sentía gran preocupación por Bohemundo de Tarento debido a que Alejo mantuvo una larga guerra con los normandos en Italia una década antes. No obstante, Bohemundo sabía que si no contaban con el apoyo de Bizancio, la Cruzada jamás triunfaría. Las disputas con el Imperio solo llevarían al desastre y, pro tanto, una alianza podría dar muchas ventajas a las pretensiones territoriales que ansiaba Bohemundo. Este  hizo el juramento de fidelidad a Alejo y le pidió el mando supremo de la Cruzada. Dicha petición dejó sorprendido a Alejo, el cual contestó diciendo que con el tiempo y con su lealtad seguramente podría ostentar ese cargo. Por el momento, Alejo se comprometió a enviar soldados y suministros al conjunto de los ejércitos cruzados, así como el pago de todos los gastos que supusieron emprender tamaña empresa. El 26 de abril el ejército normando encabezado por Bohemundo se puso en marcha y se reunió con el ejército de Godofredo.

Raimundo IV de Tolosa llegó el mismo día en que Bohemundo había partido con su ejército el 26 de abril. Fue recibido de una manera cordial en la capital y, tras un día de alojamiento en el exterior de la ciudad, fue conducido a palacio para que jurase fidelidad al Emperador. Sin embargo, Raimundo también quería el mando principal de la Cruzada. Alejo le convenció para que abandonara tales pretensiones y, finalmente, prestó el juramento  de fidelidad pero con matices: respetaba la autoridad del Emperador y, por tanto, prometió protegerlo a cambio de que sus hombres y él mismo recibieran un trato más autónomo que el resto de las fuerzas cruzadas. Raimundo salió del Bósforo dos días después del juramento y se puso en marcha hacia Rodosto, donde esperaría la llegada del obispo del Puy, líder espiritual de la Cruzada tras ser nombrado como tal por el papa Urbano II en 1095. Dado que Raimundo de Tolosa fue quién acompañó al obispo hasta Constantinopla, se podría decir que era quién más relación tenía con el Obispo y, por tanto, más autoridad dentro de la Cruzada.

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Raimundo IV de Tolosa (1052-1105)
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Bohemundo de Tarento (1054-1111)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre tanto, Esteban de Blois y Roberto de Normandía permanecieron mucho tiempo en el sur de Italia mostrando una gran falta de entusiasmo que transmitieron a sus seguidores. Finalmente, se prepararon para embarcar el 5 de abril. Tras cuatro días lograron llegar a Dirraquio, donde las autoridades bizantinas les acogieron con hospitalidad y emprendieron la marcha hacia Constantinopla. Tras un alto en Tesalónica durante cuatro días, llegaron a la capital en mayo. Ambos prestaron el juramento correspondiente al Emperador y fueron recompensados con grandes sumas de dinero. El ejército y sus dos líderes permanecieron quince días en Constantinopla hasta que, al fin, pusieron marcha hacia Asia. Tras cruzar Nicomedia, se unieron a los demás ejércitos cruzados, que habían comenzado ya a asediar Nicea.

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Esteban II de Blois (1045-1102)

 

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Roberto II de Normandía (1051-1134)

Alejo se encontraba por fin tranquilo. Aunque hubiese deseado ayuda militar por parte de Occidente, habían llegado ejércitos inmensos con un diferente liderazgo en cada uno de ellos. Los cálculos sobre las cifras de los ejércitos cruzados que llegaron a Constantinopla entre 1096 y 1097 no son muy conocidas. Sin embargo, las cifras oscilan entre 60.000 y 100.000 personas. Aunque las dificultades del aprovisionamiento parecían evidentes, Alejo se las apañó de manera exitosa para tal fin, ya que ninguno de los cruzados tuvo escasez de alimento durante su estancia en los Balcanes. El Emperador había obtenido juramentos de todos los líderes cruzados, excepto de Raimundo, con quien había sellado un acuerdo privado. Aunque los jefes cruzados más prudentes y astutos como Bohemundo supieran que sin la ayuda logística de Bizancio la travesía hacia Jerusalén resultaría imposible, el prestar juramento les pareció una aberración y una humillación hacia sus personas. Por otro lado, los bizantinos consideraban a los cruzados como unas personas rudas, bárbaras ingobernables y sin ningún tipo de escrúpulos. Aunque las relaciones de Oriente y Occidente llegaran a un punto tenso por la llegada de ejércitos tan grandes, Alejo estaba confiado, es decir, el peligro ya había pasado y se estaban dirigiendo a combatir contra los turcos. Dejó claro que quería ayudar con tamaña empresa, sin embargo, también anteponía los intereses de su pueblo frente a los  de los líderes cruzados, es decir, la de fundar sus propios condados y principados.

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