España; qué y cuándo.

Con frecuencia solemos preguntarnos por el origen de las cosas y España no iba a ser menos. Generalmente, en la conciencia histórica popular tendemos a pensar que España como nación surge con los Reyes Católicos. Esta afirmación, como observaremos, no es del todo cierta. No pretendemos crear una historia paralela a la real, al contrario, nos serviremos de ella para ordenarla coherentemente e intentar aportar un faro de luz a esa conciencia que mencionamos.

Para empezar dejaremos claro el concepto de nación, algo confuso hoy día. La definición más acertada que podemos dar para meternos en situación se refiere a la nación como un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente tienen un idioma y tradición comunes, entre otras definiciones. Por lo tanto, poner como punto de partida el anteriormente citado es como poco, falso e incompleto.

En cuanto a la pregunta de “qué es España” y “desde cuándo España” hay que sujetarse a la máxima de que España no es sino un proceso gradual y sustancial. Podríamos comenzar nuestro particular “camino español” por ese proceso adentrándonos en la Prehistoria peninsular. En ella podemos nombrar varios yacimientos cargados de gran simbología ancestral como pueden ser Atapuerca o Altamira, pero más allá de esos meros atisbos de origen de lo que hoy conforma el ser humano no encontramos movimientos de civilización hasta el 5.000 a.C., cuando por el sur de la Península penetran colonos procedentes del Mediterráneo Oriental. Estos colonos entran ya en un primer instante con las tribus íberas dando origen a la posible creación del Reino de Tartesos (referente a un territorio), protagonistas de la gran leyenda del monstruo Gerión, en la que se narra la historia de Hércules despojando a Geríon de los bueyes y partiendo en dos la sierra hallada entre Gibraltar y Ceuta, dando origen a las columnas de Hércules, hoy parte de la heráldica española.

Tras ellos, griegos (junto a los Fenicios recluidos en el litoral peninsular), celtas (en el interior peninsular junto a los íberos) y Cartagineses en el siglo VII, consiguen llegar a la Península Ibérica. Pero de todos ellos sólo los celtas conseguirán adentrarse verdaderamente y, por consiguiente, aislarse de los continuos asaltos que se producían en el litoral. Este será el motivo fundamental por el que celtas junto a íberos sean los dos pueblos que logren desarrollar sus formas de vida de manera sedentaria y sosegada durante un largo periodo de tiempo. Un periodo de tiempo en el que las tribus celtibéricas pertenecientes a la gran familia indoeuropea, aunque diferenciadas, fueron capaces de crear más de mil “ciudades” (así lo recogen los escritos romanos) resaltando Salamanca (Helmántica), Burgos (Blunia), Zamora (Ocelo) o la destruida Numancia, todas ellas unidas por medio de buenos caminos y ríos para facilitar las rutas comerciales.  Por lo tanto, estamos ya ante núcleos de población bien asentados capaces de concedernos vestigios magníficos cargados de simbolismo y misterio, como es el caso de la Dama de Elche.

Por otra parte, debemos señalar en este momento un hito cargado de etnicidad. Hablamos de la feroz resistencia de varias tribus celtibéricas en la sitiada Numancia entre el 153 y el 133 a. C. Decimos que es un hito cargado de etnicidad porque hasta ahora (entrada de los romanos en la Península en el 218 a.C), entre las tribus locales eran habituales las escaramuzas y no se gozaba de gran unidad. Pero Roma les puso a prueba, tanto que no consiguieron doblegar la moral de los numantinos y éstos se suicidaron masivamente dejándose morir de hambre, prefiriendo ese fatídico final a vender sus almas y cuerpos a la esclavitud. Y es que la Península se vendería cara a los romanos, pues hasta las tribus lusitanas más desorganizadas aparentemente consiguieron plantarles cara con Viriato al frente (147-139 a. C).

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Cerco de Numancia

Una vez conquistada la Península en su totalidad por Roma, pasó a recibir el nombre definitivo de Hispania (tierra de conejos según éstos o tierra del Norte para los fenicios) y sus habitantes, hispani. Y es aquí donde comienza una labor constructiva pero a la vez destructiva, pues Roma exporta e impone a Hispania estructuras económicas, lingüísticas o agrícolas capaces de resistir milenios, como es el caso del latifundio. Fue este un periodo de desarrollo para grandes avances como calzadas, acueductos, circos o incluso baños y termas públicas, que por error en ocasiones son atribuidas a los árabes (en este momento ya se ponían en marcha en la Península y en el norte de África).

Posteriormente, tras la entrada en la Península de la gran empresa que formaba Roma, a principios del siglo V llegan los primeros bárbaros (suevos, vándalos y alanos), seguidos posteriormente de los germanos visigodos, quienes “invaden” la Península tras la caída del Reino Visigodo de Tolouse en la Batalla de Voullié.  Vale la pena destacar que si algo nos ha enseñado la historia, ha sido que no todas las derrotas suponen el fin del vencido. Entrecomillamos el vocablo invaden porque no se llega a producir una invasión propiamente dicha, pues los visigodos se convirtieron en el pueblo germano que de largo estuvo más romanizado.

Como hemos visto hasta el momento, hemos ido realizando un breve repaso histórico con hechos que acontecían en la Península, y sí, cargados todos ellos de signos épicos y culturales comunes dentro de la diversidad. Es equívoco ahora hablar de nación, pues tan sólo podemos ensalzar la “figura peninsular” como ente generadora de momentos constantes cargados de simbolismo y etnicidad local, todos ellos dignos de gran admiración durante los siglos venideros. Así lo vemos cuando Cervantes reflexiona y recrea brillantemente el sitio de Numancia haciendo hincapié en la libertad y el sacrificio que esta supone “prefirió inmolarse antes que aceptar una rendición infamante”.

Cuando mencionábamos el sitio Numancia o la resistencia de Viriato, hacíamos referencia a hechos constituyentes del forjamiento de una nación, aunque nada más lejos de una causa común pero local. Hasta la llegada de los visigodos y la creación de su reino en la urbs regia de Toletvm, no podremos hablar de unidad y empresa común de la Península en su conjunto.

Por ende, nos referimos a los visigodos como ese gran foco que supo captar y concentrar esa idea de comunidad, quienes impulsaron al cristianismo como eje fundamental de su ideología. Lo hizo Recaredo mediante la labor continuadora de su padre y reforzando aún más la monarquía mediante la unión entre ésta y la Iglesia (aunque su padre apostaba por el arrianismo), al convertirse en el 589 al catolicismo en el III Concilio de Toledo. Lo hizo Sisebuto como rey ilustrado y unificador cultural, a quien podríamos comparar con Alfonso X “El Sabio”. Y lo hizo Recesvinto con la creación del Liber Iudiciorum, libro jurídico fundamental en lo que a la creación del proyecto español se refiere, pues por primera vez existía prueba real de que todos los habitantes del reino (incluido el rey) eran iguales ante la ley. Por último, deberíamos destacar a figuras como San Isidoro de Sevilla, compilador cuya figura supuso un antes y un después en el esplendor del cristianismo español, actuando como referente europeo.

Sin embargo, ni con todo esto se iba a lograr la permanencia de la monarquía visigoda. Con el paso del tiempo fueron surgiendo las rivalidades por el ascenso al poder regio, lo cual derivaría en una especie de guerra civil entre los partidarios de Rodrigo (rey elegido por el Aula Regia) y Agila II (rey impulsado el noreste peninsular) que desembocaría en la invasión musulmana de la Península. Esto sucedió después de que parte de las tropas visigodas traicionasen a la monarquía y pidiesen ayuda a Tariq para derrocar a Rodrigo en Guadalete.

De este modo, vemos la Invasión Musulmana más bien como el resultado de la entrada de tropas poco numerosas en la Península capaces de quebrar la monarquía visigoda pero no su superestructura, o al menos no por completo, algo que entenderemos más tarde. Hablamos de “tropas” porque los contingentes totales no fueron muy numerosos en proporción a las gentes peninsulares. Y es que, mientras se producía una degradación del modelo político visigótico, la complicidad de los judíos con los moros, a quienes veían como libertadores (desde que Sisebuto les persiguiese), entró en escena para decantar la balanza fugazmente a favor de los musulmanes.

Respecto a la cuestión de si existió o no islamización y arabización, debemos afirmar sin medio a equivocarnos que se consiguió pero a largo plazo y no en su totalidad, pues la diversidad dentro de las tropas invasoras y su escaso número lo dificultaron. Asimismo, encontramos pruebas inequívocas de ambas cuando observamos vestigios arquitectónicos o muchos de los vocablos árabes que han perdurado hasta nuestros días, lo cual nos hace pensar que en ciertos ámbitos la arabización fue considerable.

Por consiguiente, nos hallamos a medio camino entre los que se decantan por la preeminencia de Al-Ándalus y los que defienden el total hermetismo de la cultura visigótica frente al invasor, pues sin una mínima islamización y arabización no entenderíamos la disposición irregular de los cascos históricos de nuestras ciudades, por ejemplo. Sin embargo, sin una permanencia de la superestructura (económica, social y política), suficientemente aisladas del poder musulmán, no hubiese habido continuidad en el proceso español de Reconquista. Hablamos de proceso español porque ya así denominaba a la Península en el 754 un cronista mozárabe toledano al hablar de la «pérdida de España».

Más allá de las leyendas habidas y por haber sobre la Reconquista, podemos dejar claro que con anterioridad a ésta ya había relación entre la monarquía toledana y lo que más tarde llegaría a ser el Reino de Asturias. Allí fue donde campesinos, nobles o clérigos provenientes de toda la Península continuarían el legado visigodo que permitió dar forma a ejércitos como el de Pelayo o Alfonso I y a proyectos tan esplendorosos para la Península y para Europa como El Camino de Santiago, algo que prometía ser parte de ese gran maremágnum que formaría España unos siglos más tarde.

Aludir a España antes de 1492 significa hacerlo con leves atisbos de osadía, pues nos es imposible imaginarnos una España sin sus cinco reinos (con Castilla como vertebradora) o sin la gran empresa que supuso el proyecto de “Las Españas” de los Reyes Católicos con el descubrimiento de América.

Pero como en todo, debemos marcar un inicio, una línea de salida que no puede ser otra que la Hispania Gothorum. Y es que nos encontramos ante el momento único y esencial en el que podemos hablar de esta época como ente reveladora en la que monarquía, Iglesia y súbditos conformaron una gran especie de núcleo evolutivo que se prolongaría durante los siglos venideros.

4 comentarios en “España; qué y cuándo.

  1. Hola buenas.

    Creo que un primer error que cometéis es el de nombrar a un Reino de Tartesos, cuando eso es algo bastante improbable que lo hubiera y no hay registros arqueológicos que lo atestigüen.
    Bajo mi punto de vista hablar de unidad peninsular con los Visigodos es algo atrevido, debido a que la presencia bizantina estaba y estuvo presente al sur, luego por el norte tenían a los francos e interiormente había bastantes trifulcas y movimientos, y los visigodos no atestiguaron, que sepa, un estado, llámese rey, al territorio, sino que más bien quisieron unir a las poblaciones para poder sustentarse en el poder, y luego gracias a la iglesia culminaron ese proceso. Y la rápida invasión árabe da pie a esa división existente interna que produjo tal debilidad.
    También echar la culpa o el peso de la acción invasora de los árabes a los judíos no me parece correcto; la península Ibérica quedaría enmarcada dentro del avance árabe por el norte de África tras su rápida conquista y sometimiento; luego, las tropas invasoras según lo que he leído fueron unos 18.000 soldados, y de población entre 80 y 100.000 personas.
    Dar veracidad a los ejércitos de Pelayo, es irrisorio, incluso a su misma persona hay una gran discusión acerca de su veracidad y existencia. Y entre la monarquía visigoda y el Reino de Austurias no hay mucha relación a mi parecer, pues las leyendas apuntan a que Pelayo era un caudillo local, es decir, hispano-romano, población que también tuvo sus encuentros con los visigodos.
    El tema de la Reconquista es algo a tratar con mucha cautela, en los primeros siglos no hubo una verdadera intención de reconquista en su definición más pura.
    Hablar de España como conjunto estado antes del siglo XVIII o incluso el XIX creo que es erróneo, bien ya con la unión de los Reyes Católicos no se unificó todo el territorio.

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    1. Hola Borja,

      Sin ser el autor del tema te digo que tus argumentos son válidos. Pero los usados por Wamba Rex también lo son, quiero decir, depende de la bibliografía utilizada entre otras cosas. Te pongo como ejemplo la historia de Pelayo, donde bastantes historiadores apoyan que sea visigodo.

      Supongo que es lo bonito de la historia, la discusión y el debate, los distintos puntos de vista enriquecen cualquier conocimiento.

      Un saludo, y gracias por pasarte.

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    2. Hola Borja,

      En primer lugar agradezco verdaderamente tu comentario, pues todo lo que uno piense que es correcto (históricamente hablando) debe ser expuesto para aportar ese faro de luz del que hablo en el artículo. Vamos por partes.

      En primer lugar, en cuanto a la referencia al Reino de Tartesos, dejo claro que no existe con seguridad y que se refiere al territorio, pues se trata de algo bastante relativo si lo tomamos al pie de la letra como un reino. Igualmente, sí que hay vestigios de su existencia en los escritos de Herodoto o en hallazgos como el del monumento funerario de Pozo Moro (Albacete). De hecho, gran parte de la bibliografía sobre la antigüedad en la Península habla de este posible reino porque Herodoto así lo recoge, aunque como tal puede que no se diese una monarquía. De todas formas te adjunto un documento donde lo puedes comprobar http://eprints.sim.ucm.es/15227/1/Tartessos_.pdf .

      Asimismo y siguiendo con las líneas de debate que planteas, sin duda alguna la Reconquista se pudo dar porque hubo una continuación de la superestructura goda de la que hablo. De hecho ya no es que sólo hubiera una relación política entre Toledo y Asturias, sino que nos referimos a algo tan evidente como es el reflejo de esta relación en el arte cuando observamos la continuidad entre el arte visigótico y el arte astur-leonés. Un ejemplo claro lo encontramos entre el Palacio de los Hitos (Arisgotas, Toledo) y Santa María del Naranco (Oviedo).

      Respecto a la irrisoriedad sobre la veracidad de Don Pelayo, pues hay bibliografía de sobra que afirma o niega su existencia (la historia ha demostrado que las personas necesitan héroes, mitos, etc). Aún así yo me decanto por el lado bibliográfico que prueba su existencia, aunque no con el rango social que suelen ponerle. De todas formas, donde yo voy mencionándole es al hecho inequívoco de la continuidad goda en los inicios de la resistencia cristiana.

      También me gustaría aclarar que no interpretas debidamente la cuestión judía en la Invasión Musulmana, pues no les echo la culpa totalmente de la invasión (la culpa realmente es de la inestabilidad monárquica). Indiscutible de todas formas es la participación de los judíos en la toma de las ciudades por los musulmanes, pues no fueron una ni dos las ciudades importantes en las que colaboraron. No olvides que la relación durante la última etapa visigoda entre la monarquía y los judíos era muy mala. De hecho, al finalizar la invasión muchos de los judíos ocuparon buenos lugares como prestamistas y comerciantes.

      Al final, donde más puede residir la disputa en el artículo es en el concepto de nación, pues hay gente que ve con buenos ojos la definción de Stalin (no es que sea mala), por ejemplo. Por ello mismo, ante la diversidad del concepto elegí coger uno de los dados por la RAE, para no entrar en disputas ideológicas. Bueno, por eso y porque culturalmente me parece más acertado (desde el punto de vista antropológico).

      Lo que pretendo dejar claro en el artículo es que hay una diferencia bastante grande entre la nación como concepto continuador de la patria como culminación política (en el que me baso) y la Nación-Estado del siglo XIX formada por la burguesía en la que se introducen derechos individuales y de soberanía.

      De nuevo te doy las gracias por tu comentario y por abrir esas líneas de dabate, la historia nunca debe estar cerrada.

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  2. Hola, muy buenas. Me gustaría aclarar un poco mi comentario y responder al tuyo, pues la discusión siempre es fructífera.

    Acerca del reino de Tartesos se me pasó especificar que lo que no hay evidencias arqueológicas es de una monarquía tal y como la describe Herodoto o mejor dicho, tal y como describe el concepto, incluyendo a un rey y su corte/administración. Los restos arqueológicos apuntas diversas teorías según los investigadores, pero toco queda un poco en el aire acerca de si de verdad hubo un reino tal y como se piensa en una monarquía.

    Acerca de la figura de Pelayo, sigo pensando que es una creación historiográfica, quizá el persona en sí puedo haber existido, pero se ha mitificado para justificar; al igual que la batalla de Covadonga; también añadir que los musulmanes desde un principio, tras la llegada de los omeyas ya vieron la imposibilidad de conquistar ese territorio por su complejidad geográfica, y porque era más beneficioso los tributos y centrarse en la parte oriental.

    Yo en el concepto de nación me acojo más al de Stalin, pero claro, eso son ya discrepancias ideológico e historiográficas.

    Para terminar, también creo que es fundamental recordar o ver que las fuentes para estas épocas, tanto la del Reino de Toledo como la conquista árabe, son escasas y en muchas ocasiones se escribieron mucho tiempo después de los hechos. También, por ejemplo, la crónica de Alfonso III, es un encargo propagandístico que hay que tener cuidado en su estudio y hay que sacar las conclusiones oportunas.

    Ahora si para finalizar, gracias por el debate, un saludo, Borja.

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