Historia de los jenízaros (I)

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      Los jenízaros representan uno de los cuerpos de infantería más destacados de la Edad Moderna, consagrándose como un sistema militar invicto durante cuatro siglos cuyo método de reclutamiento y formación haría de ellos algo único. Fueron la punta de lanza del expansionismo otomano, llevando los estandartes turcos hasta el mismo corazón de Europa. Pero aún más interesante que su organización militar eran los aspectos sociales y económicos del cuerpo.

     El término jenízaro en castellano procede del italiano giannizzero, pues fueron los venecianos quienes tomaron contacto —casi siempre inamistoso— con el Turco desde su irrupción en el panorama del Mediterráneo oriental a partir del siglo XIV. A su vez esta palabra viene del turco yeni çeri ( يڭيچرى ) que significa “tropa nueva”.

    Su origen coincide con la propia génesis del Estado turcomano, que tendría una notable expansión durante el reinado de Orhan I (1326 – 1359), el cual llevaría a este pequeño beylicato a dominar la parte occidental de la península de Anatolia e iniciar una primera penetración en Europa a través de Tracia. Hasta entonces sus predecesores habían hecho la guerra a la cabeza de ejércitos montados a caballo conformados principalmente por guerreros tribales, los ghazis o “luchadores por la fe”, de lealtad dudosa y tendencia a la sedición en tiempos de paz. Las carencias de este sistema se harían evidentes ante la dificultad que suponía la toma de plazas por asedio sin una buena línea de infantería, lo que obligaba a recurrir a la ayuda de caballería desmontada, muy vulnerable ante las robustas fortificaciones bizantinas. Esta tradición militar se remonta a los tiempos en que los pueblos túrquicos aún no islamizados cabalgaban las estepas agrupados en laxas confederaciones tribales u hordas. La efectiva caballería denominada akinci constituía la élite de los primeros ejércitos turcos y era apoyada en batalla por un contingente de infantería denominado azab.

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Caballería akinci. Obsérvense las plumas de águila a su espalda, una costumbre adoptada después por la caballería húngara y los húsares alados polacos

      Determinado a asegurar sus éxitos futuros se inspiró en los mamelucos para la creación de un cuerpo de infantería uniformado y a sueldo, que habría de mantener en todo momento la disponibilidad del servicio. Estas tropas recibieron el nombre de yayan o pyade, pero obtuvieron pésimos resultados en el campo de batalla y fueron pronto sustituidos por mercenarios procedentes de los centros urbanos recién conquistados. La dificultad para crear una infantería eficiente venía dada por la propia estructura social otomana, ya que los turcos con recursos que prestaban servicio militar podían permitirse un caballo y como es natural siempre se decantaban por servir en la caballería. Solo los turcos de las clases más bajas se veían obligados a servir en la infantería pero, siendo como eran de origen y costumbres nómadas, no se acostumbraban a la disciplina que exigía pertenecer a un cuerpo de este tipo. De cualquier forma, ningún combatiente libre consentiría ser un soldado de infantería debido a que se consideraba muy arriesgado.

      Mal entrenados, indisciplinados y a menudo reprendidos, su comportamiento pronto causó la desconfianza de su soberano, que aconsejado por su visir Alaeddin Pasha dispuso en el 1330 la creación de un nuevo cuerpo. Esas nuevas tropas serían los Jenízaros, en su mayoría compuestas por esclavos o cautivos de guerra. La problemática estaba en que la ley islámica hacía inadmisible la existencia de esclavos musulmanes al mismo tiempo que impedía reclutar soldados extranjeros y no creyentes. Esta contradicción se resolvió utilizando las palabras del profeta Mahoma, que al parecer había dicho que cada ser humano, desde su mismo nacimiento, llevaba en su interior el deseo de abrazar el Islam. Como tantas veces, unas sagradas escrituras acaban revelándose fácilmente maleables ante las necesidades sociales del momento.

      El primer cuerpo de este tipo constaría de 1.000 hombres, siendo preferentemente escogidos aquellos cristianos que se habían convertido voluntariamente al islam. Pero no lográndose los suficientes para completar el número deseado se acabó imponiendo la conversión bajo amenaza de muerte para luego reclutarlos a la fuerza. Este sistema sería implantado un siglo antes de que Carlos VII de Francia estableciera sus quince compañías de hombres de armas, las compagnie d’ordonnance, que generalmente son consideradas como el primer ejército permanente moderno.

      Para darle una significación claramente religiosa, Orhan I solicitaría a uno de los líderes islámicos más importantes de la época que pusiera nombre al cuerpo militar recién creado y luego bendijese a los soldados. Se trataba de Haci Bektas, un clérigo sufí que había creado una orden religiosa compuesta por derviches, los llamados bektasíes. Según dice la leyenda, el líder derviche se arrancó parte de la manga de su casaca blanca y la colocó sobre la cabeza de uno de los soldados, de manera que quedaba colgando cuello y espalda. En recuerdo de ese momento, a partir de entonces los jenízaros se caracterizarían por llevar un casquete con un trozo de fieltro blanco en la parte trasera. A su muerte, Haci Bektas se convirtió en algo parecido al patrón de los jenízaros, al que estos se encomendaban en sus rezos, mientras que los derviches bektasíes servían a modo de capellanes.

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Haji Bektash Veli

      Este proceso se completaría durante el gobierno de su hijo Murad I (1359-1389), quien coronándose por primera vez como sultán convirtiera el Beylicato osmanlí en un imperio que duraría casi siete siglos. Durante este periodo se intensificaría la penetración en Europa, resultando en la creación del régimen de la devşirme en el 1362, una suerte de impuesto de sangre entre los súbditos dhimmies o no-musulmanes. Se basaba en la tradición por la cual al sultán le correspondía una quinta parte del botín en especie obtenido en los territorios conquistados o sometidos.

      Por este procedimiento los hombres del sultán secuestraban a niños de entre las minorías cristianas de Anatolia o en las regiones rurales de Rumelia (provincia otomana de los Balcanes). Se prefería a griegos, albanos, bosnios y búlgaros, pero también habría, aunque en menor medida, serbios, croatas, húngaros, armenios, ucranianos, circasianos e incluso rusos del sur. Nunca se reclutaban musulmanes a excepción de los bosnios. Los judíos tampoco estuvieron incluidos. Quedarían exentas de este tributo las principales ciudades del Imperio así como los artesanos locales, ya que se consideró que lo contrario perjudicaría la economía. Parece ser que por esa misma razón solo se tomaban niños de familias con más de un hijo.

      Por lo general se seleccionaba a niños de entre siete y catorce años, mientras que su número estaba determinado por la necesidad de soldados en cada momento. En un principio los niños eran escogidos al azar y más tarde mediante una estricta selección en función de sus capacidades individuales de inteligencia, constitución física y belleza. Los de mejor apariencia eran enviados al harem del sultán en Constantinopla.

      En muchas ocasiones esta práctica tuvo un importante rechazo de la población, produciendose levantamientos armados a su vez respondidos por las autoridades con una dura represión que terminaba en baño de sangre. Algunos padres llegaban incluso a mutilar a sus propios hijos para evitarles tal destino, otros sobornaban a los funcionarios o simplemente huían de los territorios dominados. Como la ley islámica prohibía el reclutamiento de hombres casados, comenzaron a producirse innumerables casos de matrimonios concertados desde la misma cuna entre las familias cristianas. Cuando los turcos se dieron cuenta de la situación, prohibieron los matrimonios de este tipo.

     Pero había otra cara del sistema de reclutamiento, pues al mismo tiempo la devşirme representaba la posibilidad de asegurar un futuro próspero para sus hijos y una vía de escape frente a la miseria y el hambre de los campos de labranza en los territorios ocupados por los otomanos. Los reclutadores turcos, conscientes de la situación, se preocupaban de presentarse ante sus posibles nuevos reclutas ataviados con sus uniformes más lujosos y siempre repartían algunos alimentos.

      Esto llegaba a molestar fuertemente a los jóvenes turcos, que veían como los hijos de los infieles les desplazaban de los cargos que prometían más riqueza y mayores honores. Gradualmente, comenzaron a  darse casos de padres turcos que daban sus hijos a familias cristianas, para que estos a su vez los entregaran a los reclutadores en vez de sus propios hijos cristianos.

      Las levas infantiles se repetían cada cuatro o cinco años. Una vez autorizadas por el sultán y las autoridades religiosas, un pequeño grupo de soldados dirigidos por un capitán jenízaro asistido por un funcionario del imperio, se desplazaban hasta la localidad designada reuniendo a los niños en la plaza central para llevarse la quinta parte correspondiente. El sistema se prestaba a la corrupción y muy pronto comenzaron a  darse casos de abusos entre los oficiales reclutadores, que solían llevarse a más niños de los que marcaban las tasas estipuladas para revenderlos de nuevo a sus familias, o si no directamente a los tratantes de esclavos o a los burdeles y harenes de los altos oficiales de la administración del imperio.

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Inscripción de niños para la devsirme en una miniatura otomana del 1554. Visten de rojo con el fin de ser fácilmente identificados si escapasen

      Una vez apartados de sus familia los niños eran enviados a Constantinopla, donde se los sometía a un primer examen físico por parte de los religiosos islámicos, que verificaban si el niño estaba circuncidado, en cuyo caso este era inmediatamente aceptado en la fe islámica. Los más cultos y mejor preparados físicamente de entre ellos eran asignados a la escuela de pajes del sultán, donde recibían una exquisita educación por parte de sus preceptores bajo la constante supervisión de los eunucos. El adiestramiento era tanto bélico como cultural, incluyendo caligrafía, teología, literatura, contabilidad, leyes e idiomas. Al alcanzar la adolescencia, estos niños eran enrolados en una de las cuatro instituciones reales: El Palacio (Enderun), los Escribas (Kalemiye), los Religiosos (İlmiye) y los Militares (Seyfiye).

      La institución del Palacio o Enderun hace referencia al servicio privado de los sultanes otomanos en la Corte Imperial. Entre las responsabilidades del servicio interno estaba también el funcionamiento de la escuela palatina en la que se formaba la siguiente generación de jenízaros. Solo los más brillantes eran destinados a ejercer una carrera dentro del mismo Palacio, bien como altos funcionarios, recaudadores, gobernadores provinciales o generales…algunos jenízaros llegarían incluso a ostentar el puesto de Gran Visir (el segundo cargo de mayor poder en el Imperio otomano, solo por debajo del sultán). El servicio interno también fue notable por su empleo de los sordomudos (Dilsiz), al menos desde la época de Mehmed II hasta el final del imperio. Estos actuaron como guardias y asistentes, y debido a su naturaleza particular, a menudo se encargan de tareas altamente confidenciales como ejecuciones.

      La institución de los Religiosos o İlmiye hace referencia a los juristas musulmanes, cuya función sería la de propagar la fe, asegurar el cumplimiento de la ley islámica (Sharia) desde los tribunales de justicia y velar por su correcta interpretación y enseñanza en el sistema educativo otomano. Esta institución surge a partir del siglo XVI, cuando en en lugar de contratar a académicos formados en las madrazas comienza a promoverse la instrucción de los aprendices dentro de las propias instituciones de la administración dando así lugar a una clase social a parte. Por su parte, los de entre estos aprendices más brillantes que hicieran carrera militar, casi siempre serán destinados a la caballería de elite del ejercito turco, los sipahis o cipayos, el equivalente montado de los jenízaros.

      Aquellos restantes que no pasaran a formar parte de ninguna de estas instituciones eran asignados directamente al servicio del cuerpo de jenízaros. Pero primero deberían superar su periodo de formación, que comprendía dos fases principales. En primer lugar, cuando un niño entraba en el sistema de la devşirme era enviado con una familia turca adoptiva en las provincias para aprender turco y asimilar las costumbres de la sociedad otomana, así como las principales reglas del islam. Tras esto comenzaban su instrucción en una academia (acemi oglan) durante siete años, según el reglamento establecido por Murad I. La disciplina era muy severa y los castigos físicos algo común. A menudo los reclutas debían trabajar en las obras públicas. Se les enseñaba a soportar el hambre y las mayores privaciones bajo el frío extremo en las montañas de Anatolia. Al contrario que los musulmanes tenían prohibido dejarse crecer barba, solo se permitía el bigote, aunque esta costumbre acabaría relajándose una vez se permitiera la entrada en el cuerpo a los de ascendencia turca, e incluso a los hijos de la nobleza, que eran hombres libres. Todo atisbo de individualismo era reprimido con la máxima dureza, y se les incitaba en el odio a los cristianos y los judíos. Esto los preparaba para la siguiente fase: el adiestramiento militar propiamente dicho, que terminaba a la edad de 24 o 25 años. Aquellos reclutas que tenían las condiciones físicas adecuadas y habían demostrado su maestría en el uso de armas se graduarían como jenízaros de pleno derecho.

     jjjj  ffgvf                       Infantería jenízara                                Cipayos o sipahis

     El número de integrantes de las tropas jenízaras varió según la época desde 100 a más de 200.000. El sultán era el comandante supremo de los jenízaros de forma nominal, pero en la práctica respondían ante el ağa (comandante) que solía ser él mismo otro jenízaro. El cuerpo de jenízaros se dividía orgánicamente en unidades tácticas denominadas orta (el equivalente a los regimiento de los ejércitos occidentales). La composición de cada orta y su potencia militar dependía, además de su cometido, del lugar en el que estaba acuartelada. En Constantinopla, por ejemplo, había 100 efectivos por cada orta, mientras en las provincias fronterizas del oeste había entre 200 y 300 jenízaros por orta. En tiempo de  guerra cada una podía llegar hasta los 500 hombres. Durante el reinado de Solimán el Magnífico, el cuerpo de estaba compuesto de 165 ortas, que pronto se incrementaron hasta las 196 debido a las múltiples guerras en que se veía envuelto el belicoso Imperio otomano.

 

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Símbolos de las diferentes ortas. Animadas por un selecto  espíritu de grupo, poseían emblemas y banderas propios.

    Estas unidades se alojaban en unos barracones llamados oda. Dado que cada jenízaro pertenencia siempre a un mismo regimiento a lo largo de toda su vida militar, este representaba algo similar a una gran familia, cuyos miembros vivían, comían y dormían juntos, ya fuera en tiempos de guerra o en la poco frecuente paz. Aunque no eran esclavos propiamente dichos, dado que contaban con salarios y pensiones al retiro que les permitian llevar unos estándares de vida elevados, a efectos prácticos eran propiedad del sultán y tenían la denominación de kapıkulları, esto es, servidores de la Sublime Puerta. A diferencia de los miembros de otras milicias, el jenízaro no es ni un ciudadano conscripto ni mucho menos un mercenario. No tenía raíces familiares ni posibilidad de crear una estirpe, pues aunque no se les imponía el celibato en un principio les estuvo prohibido casarse y a su muerte el regimiento u orta heredaba las propiedades de los jenízaros fallecidos. Sin pasado, ni tampoco futuro, el jenízaro sólo tenía como horizonte los designios de su señor. No en vano estaban destinados a servir como su guardia pretoriana. Asimismo, el sultán era considerado casi como una figura paterna por parte de estos, existiendo la costumbre de que tras ser coronado pasase revista a las tropas vestido a la manera jenízara y percibiendo la soldada como uno más.

      De esta forma se convirtieron en un poderoso instrumento al servicio directo del sultán que permitía reducir la influencia de la nobleza otomana, si bien esta se mantendría fuerte hasta el reinado de Mehmed II. Acabarían convirtiéndose en una clase social propia, actuando como uno de los grupos de presión y opinión más importantes dentro de la sociedad otomana, coexistiendo con el imperio en el momento en que se encontraba en su cenit hasta que fueran cesados casi al tiempo que este entraba en decadencia. Pero sobre este tema y otros aspectos de su organización, auge y evolución versaremos en otro artículo.

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